Cosecha
Es verano y febrero es el mes de la cosecha. Para eso debemos esperar casi todo un año viendo cómo de una diminuta semilla, va creciendo lentamente una planta que finalmente puede ser cosechada, llevada al molino para ser distribuida como alimento para todos nosotros.
Es un tiempo de mucha emoción y desafíos: ver llegar esa gran máquina cosechadora, su sonido tan característico, el polvo y los camiones que reciben el grano y se lo llevan a algún molino. Miramos el informe del tiempo anhelando que no llueva mientras dure la cosecha.
También estamos atentos a los incendios que siempre son una amenaza. Cuando veo alguna nube de humo, le pido a mi nieto Mateo que revise con el dron si existe peligro para nuestra cosecha.
Después de un intenso día de trabajo, qué mejor que sentarse en familia a disfrutar de un rico “picoteo” alrededor de una parrilla done chisporrotea una carne.
También hay otra cosecha, la de mi vida. Pienso y me pregunto: ¿qué he ido sembrando en mi mente y corazón?
Leo y repaso las enseñanzas de Jesús y me maravillo al descubrir que él comparó nuestra vida con una tierra que es sembrada. Y al igual que en la agricultura, siempre cosecharemos lo que hemos sembrado. “Por eso no nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo, cosecharemos numerosas bendiciones.” (Gálatas 6:9).
Salomón ya lo dijo en sus sabios proverbios: “cosecharán el fruto de su conducta.”
Mi profundo deseo es cosechar amor, alegría, paz, paciencia, gentileza, bondad, fidelidad y humildad. Así que seguiré sembrando la semilla de la Palabra de Dios en mi vida para obtener una abundante cosecha y así también otros puedan disfrutar de esos frutos.

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